Ha caído en mis manos "Antología poética" de José Hierro.
No soy yo de leer poesía la verdad, desde el Campos de Castilla de los tiempos de estudiante creo que no leía un libro completo de poesía, pero al ver la caricatura de Hierro en la portada no he podido evitar la tentación de acercarme de nuevo a este personaje.
Siempre me acordaré de un amigo que me contó que, tras la concesión del premio Cervantes a Pepe Hierro y en medio de sus múltiples apariciones en la tele, su padre sentado en el sofá exclamó: - Coño! si este es el tio que me encuentro todos los días en la playa cuando paseo con la perra!. No sé quien me contó de haberle visto escribiendo en un bar en Santander mientras la clientela habitual jugaba al dominó o veía al Racing en medio de un bullicio de rabas y blancos.
Esa cercanía y falta de pretenciosidad, siempre me pareció cautivadora.
Hierro era también uno de los pocos exponentes de ese otro Santander no oficial. Tras la fachada fría, rancia y pseudo-aristocrática de la ciudad hay otro Santander con pies de barro, y una naturaleza sublime, una bahía 'de cámara' como decía él y un mar cantábrico que en los días de 'surada' brinda un espectáculo casí apocalíptico.

Hoy, Hierro tiene un lugar excepcional frente a esa bahía que tanto quería.
Allí en medio de la gente, y en una de las pocas esculturas urbanas dignas de mención de la ciudad, el autor de Cuaderno de Nueva York descansará para siempre.
En otro rincón de Santander, siempre me quedo mirando una inscripción que recoge alguno de sus versos y que me parece resume de manera sublime lo que siento por esta ciudad:
"La ciudad me decía que no quería morir sola, que no la abandonara"
Santander a Pepe Hierro
No soy yo de leer poesía la verdad, desde el Campos de Castilla de los tiempos de estudiante creo que no leía un libro completo de poesía, pero al ver la caricatura de Hierro en la portada no he podido evitar la tentación de acercarme de nuevo a este personaje.
Siempre me acordaré de un amigo que me contó que, tras la concesión del premio Cervantes a Pepe Hierro y en medio de sus múltiples apariciones en la tele, su padre sentado en el sofá exclamó: - Coño! si este es el tio que me encuentro todos los días en la playa cuando paseo con la perra!. No sé quien me contó de haberle visto escribiendo en un bar en Santander mientras la clientela habitual jugaba al dominó o veía al Racing en medio de un bullicio de rabas y blancos.
Esa cercanía y falta de pretenciosidad, siempre me pareció cautivadora.
Hierro era también uno de los pocos exponentes de ese otro Santander no oficial. Tras la fachada fría, rancia y pseudo-aristocrática de la ciudad hay otro Santander con pies de barro, y una naturaleza sublime, una bahía 'de cámara' como decía él y un mar cantábrico que en los días de 'surada' brinda un espectáculo casí apocalíptico.

Hoy, Hierro tiene un lugar excepcional frente a esa bahía que tanto quería.
Allí en medio de la gente, y en una de las pocas esculturas urbanas dignas de mención de la ciudad, el autor de Cuaderno de Nueva York descansará para siempre.
En otro rincón de Santander, siempre me quedo mirando una inscripción que recoge alguno de sus versos y que me parece resume de manera sublime lo que siento por esta ciudad:
"La ciudad me decía que no quería morir sola, que no la abandonara"
Santander a Pepe Hierro
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