A menudo, la imagen de la bondad está ligada a una relación amigable y confidencial con las cosas, a una respetuosa familiaridad con los objetos, a una atenta y sabia capacidad para tratarlos con habilidad, pero también con cuidado y respeto. La gentileza con la que se trata a las personas, a los animales, a las plantas, se extiende espontáneamente a las cosas, al florero en el que se mete la flor; la bondad también está en las manos, en la manera en la que se tienden hacia otras o toman un cenicero de la mesa. La atención, se ha dicho, es una forma de plegaria, el reconocimiento de la realidad objetiva, de un orden, de que existen límites: una manera de mirar más allá y por encima del yo egocéntrico, de saber que nadie es el caprichoso y tiránico sátrapa del mundo y que puede destruirlo a su arbitrio, como nos sucede en esos penosos e impotentes ataques de cólera en los que, al no poder destruirnos a nosotros mismos, a los otros o al universo, hacemos pedazos el primer objeto que nos queda a la mano. San José o Geppetto tienen manos fuertes y buenas, se mueven con habilidad y soltura entre las herramientas de su taller.
Esa bondad se asemeja al amor auténtico que sienten aquellos que se preocupan por los demás y no se concentran estérilmente sólo en su propio deseo; se asemeja a la infancia, cuya fantasía se enciende por una piedra o por una caja de cerillas vacía y, sobre todo, se asemeja al arte, que no existe sin esta sensual, curiosa y escrupulosa pasión por sentir el relieve de lo físico, los detalles, las formas, los colores, los olores, una superficie lisa o áspera, la revelación que puede llegar observando la arena mojada a la orilla del mar luego de haberse retirado una ola o del botón mal cosido de una chaqueta.
Esta luz cobija todas las cosas y los materiales, clavos oxidados, ventanas de rascacielos o pantallas de computadoras que se animan como la lámpara de Aladino; pero la madera, sobre todo, posee una religiosa fraternidad, quizá por la estrecha cercanía de la mano que la aferra y la modela, por el placer que proporciona al tacto, por el olor vivo.
[Claudio Magris en El viajar infinito. Anagrama, 2008]
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