
Esas plazas alemanas que se extienden por Europa como hitos de una calzada real recuerdan la exigencia de una unidad de civilizaciones respetuosa para con todas las diversidades, pero no fraccionada en una Babel de particularismos. La unidad de Europa central bajo la hegemonía alemana y la soviética ha fracasado; la nueva Europa que esperamos que salga del actual rebullir habrá de ser, dentro de su variedad, una civilización de alguna manera unitaria, y no un furibundo archipiélago de naciones y etnias obsesionadas por su propia particularidad.
Un gran poeta polaco, Milosz, recordaba como una dolorosa pérdida el momento en que las familias tuvieron que elegir, dada la tensión política entre sus ascendencias polacas y las lituanas, amputándose una parte de sí mismas. Pero el mismo Milosz cuenta que un pariente suyo le había enseñado, sí, a defender su identidad amenazada, pero también le había amonestado para que no se dejase absorber del todo por esa defensa, para que recordase que, además de su identidad personal, había otra más alta. No por azar, el libro que contiene esta página se llama Mi Europa.
9 de abril de 1989
[Claudio Magris en El viajar infinito. Anagrama, 2008]
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