A pesar de todo, a ratos, me gusta el fado.
Me gusta el sonido de la guitarra portuguesa y cierta melancolía del país en pequeñas dosis.
Ayer estuve en un concierto y aún con momentos brillantes y una voz acojonante, aquello acabó de un modo un poco delirante (del nivel de esta espontánea rima): La fadista 'llorando' literalmente por esa noche mágica en Barcelona (sin comentarios) y diciendo más chorradas que cualquiera de nuestras folclóricas patrias.
Lo dicho, mejor en pequeñas dosis, aunque eso sí, por los músicos, su voz y tomar unas cervezas en lunes, mereció la pena bajarse un rato a la plaza del rey.
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