
Es costumbre mía despreocuparme de lo que está lejos -las soluciones, el otro lado de la moneda, las páginas finales-; siempre he tratado, por otra parte, de no acercarme demasiado a la verdad, o cuando menos, a las grandes verdades, prefieriendo decididamente los terrenos laterales, los callejones sin salida, las ideas sin ningún futuro. Para sobrevivir entre ese polvo mi carácter ha sufrido modificaciones y es probable que a estas alturas sea inferior a cualquier expectativa.
Me clasifico, pues, como intelectual de corto aliento; me dedico a las intuiciones rápidas, fulgurantes, esas cuya exposición cabe en unas cuantas frases bien pulidas. No hay recetas para provocarlas, salvo quedarse quieto, inmóvil, sin mover un dedo, corriendo el riesgo, si es de noche, de que también lleguen los zancudos.
(...)
Más aún, con el tiempo he logrado una auténtica repugnancia por las grandes figuras, por los héroes culturales; desde hace muchísimos años mis lecturas se nutren de epígonos, de confortables personajes secundarios cuya luz es un reflejo de los grandes astros. Encuentro en ellos más claridad, más orden, menos impertinencia. No extrapolan, carecen de visiones totalitarias, los puedo abandonar sin remordimientos.
Me clasifico, pues, como intelectual de corto aliento; me dedico a las intuiciones rápidas, fulgurantes, esas cuya exposición cabe en unas cuantas frases bien pulidas. No hay recetas para provocarlas, salvo quedarse quieto, inmóvil, sin mover un dedo, corriendo el riesgo, si es de noche, de que también lleguen los zancudos.
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Más aún, con el tiempo he logrado una auténtica repugnancia por las grandes figuras, por los héroes culturales; desde hace muchísimos años mis lecturas se nutren de epígonos, de confortables personajes secundarios cuya luz es un reflejo de los grandes astros. Encuentro en ellos más claridad, más orden, menos impertinencia. No extrapolan, carecen de visiones totalitarias, los puedo abandonar sin remordimientos.
Manual del distraído [Alejandro Rossi]
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