
Desayunó un café y una tostada medio quemada mientras desde la ventana de la cocina intentaba encontrar el paisaje habitual perdido entre aquella espesura plomiza que iba poco a poco esfumándose.
Con algunos minutos de retraso pasaron a buscarle, la niebla dio paso a un tímido sol de invierno y en unos diez minutos se plantaron en aquel faro de Cabo Mayor que hacía unos años había pasado de ser un mástil blanco a recuperar su aspecto original en piedra.
Había estado muchas veces allí. El camino al borde del acantilado que recorría la distancia entre el faro, Mataleñas y Cabo Menor era su particular versión del abismo, un abismo cuya exploración lejos de angustiarle le había siempre provocado una profunda sensación de serenidad. Podría decirse que la felicidad estaba ahí en ese trayecto de apenas un kilómetro.
Pero como quiera que la felicidad no se disfruta si no es efímera, tras unos minutos ésta se convirtió en vacío, y contemplando el horizonte y las olas rompiendo contra el fondo del acantilado se dio cuenta de que sentía por primera vez su ausencia, su irreparable ausencia.
Tuvo ganas de llorar -algo que no había hecho en los últimos días- pero en medio de ese mar infinito, de ese sonido incesante de las olas sintió un mareo momentáneo, como si aquel vacío quisiera apoderarse para siempre de él.
Tras esa sensación desagradable nunca antes experimentada, no dudó en dar un firme paso atrás y, alejándose del abismo, ya con el mar a su espalda, se dirigió hacia la destartalada terraza del viejo bar de Bellavista donde pidieron unas rabas y algo de beber.
Desde entonces no ha vuelto a recorrer ese abismo particular, aunque aquella imagen -falsa, cruel y bella- se ha repetido alguna que otra vez.

Al atardecer me separé levemente del grupo familiar y me quedé un rato asomado al asombroso promontorio que da sobre el vacío en el centro de Ronda y a cuyos pies se extiende el valle cerrado por la serranía.
El poeta no tardó en acercarse y me preguntó si me gustaba aquella vista tan imponente. Le dije, con mis palabras de adolescente, que mi mirada se sentía exclusivamente atraída hacia aquella pavorosa caída de cien metros, hacia el soberbio precipicio.
Entonces el hombre, imprimiéndole a su voz una súbita grandeza, me susurró estas palabras al oído, como quien transmite un secreto heredado de generación en generación y afortunadamente preservado:
- Las obras de arte, escasas, dan contenido intelectual al vacío.
Su frase no la he olvidado. Sonó como una prolongación de su discurso vagamente trasnochado, pero me abrío los ojos y siempre he pensado que me salvó la vida.
Exploradores del abismo [Enrique Vila-Matas]
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