Era muy temprano por la mañana, las calles estaban limpias y vacías, yo iba a la estación.
Al verificar la hora de mi reloj con la del reloj de una torre, vi que era mucho más tarde de lo que creyera, tenía que darme mucha prisa; el sobresalto que me produjo este descubrimiento me hizo perder la tranquilidad, no me orientaba todavía muy bien en aquella ciudad.
Felizmente había un policía en las cercanias, fui hacia él y le pregunté, sin aliento, cuál era el camino. Sonrió y dijo: "¿Por mí quieres conocer el camino?". "Sí -dije-, ya que no puedo hallarlo por mi mismo". "Renuncia, renuncia", dijo, y se volvió con gran ímpetu, como las gentes que quieren quedarse a solas con su risa.
Al verificar la hora de mi reloj con la del reloj de una torre, vi que era mucho más tarde de lo que creyera, tenía que darme mucha prisa; el sobresalto que me produjo este descubrimiento me hizo perder la tranquilidad, no me orientaba todavía muy bien en aquella ciudad.
Felizmente había un policía en las cercanias, fui hacia él y le pregunté, sin aliento, cuál era el camino. Sonrió y dijo: "¿Por mí quieres conocer el camino?". "Sí -dije-, ya que no puedo hallarlo por mi mismo". "Renuncia, renuncia", dijo, y se volvió con gran ímpetu, como las gentes que quieren quedarse a solas con su risa.
¡Renuncia! - Franz Kafka
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