Subo por el Paralelo hacia Les Corts, pasada ya una medianoche casi de auténtico verano, en sentido contrario a una multitud futbolera que sale del estadio para regresar aún gritando a sus casas o a continuar la fiesta en lugares más céntricos.Mi conversación, sin embargo, se mueve en ese momento entre el fatalismo portugués y la frustración austro-germánica de mis compañeros de paseo nocturno, y aunque pueda parecer estúpido, nos sentimos en cierta medida fuera de lugar, yendo a contracorriente de todo, y totalmente fuera de un círculo que cada vez nos resulta más cerrado, menos permeable.
Seguramente es una lectura demasiado pesimista de ciertas cosas, y no estoy muy de acuerdo en algunas percepciones del 'frente guiri', pero cuando los círculos de 'poder' se construyen y auto-protegen de manera excluyente en base a un criterio local que no admite la discrepancia, uno acaba posicionándose inevitablemente. Siempre he desconfiado mucho de quien jamás se ha movido ni física ni mentalmente de su casa.
Aunque todo esto nada tiene que ver con el fútbol, esa escenificación de nuestro 'desencuentro' de ese subir cuando todo el mundo baja, de ese entrar cuando todo el mundo sale, me pareció en cierta medida, y si me permiten la licencia, un escenario apropiado y revelador.
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