A menudo sucede que creemos hablar con nosotros mismos o con Dios, y por el contrario, sólo hablamos con los míseros y presuntuosos fantasmas de nuestros miedos y nuestros ídolos, y confundimos el eco de nuestro delirio con la voz de la verdad; al menos en una velada es más fácil darse cuenta de ser fatuos y banales como quienes están a nuestro alrededor, mientras que en un soliloquio se corre el riesgo de convencerse de oír una verdad absoluta y de convertirse en su profeta y esclavo.
[Claudio Magris en El viajar infinito. Anagrama, 2008]

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