Las circunstancias han obligado a que ese horizonte que hay detrás del gesto cotidiano de subir y bajar la persiana se haya convertido en una tediosa rutina. Rutina de ventanas iluminadas a las cuatro de la madrugada, rutina mañanera y crepuscular, rutina de un viejo aparcamiento y algún árbol encajonado en el patio trasero de unas cuantas y rutinarias casas.
Aunque uno no es miope, dada la ausencia de prismáticos sólo he podido centrar mi errática vocación de espía en la casa más cercana. Una casa vulgar, como tantas otras, de dos plantas y pintada de un amarillo descolorido por los años.
No es una casa grande, pensé que sería toda una misma vivienda, pero el otro día en mi primer paseo me di cuenta que tenía dos entradas, una en el número 22 de mi calle y otra en el número 69 de la perpendicular. Sigo sin saber si la casa está dividida en dos partes, pero al menos las dos plantas que se asoman al patio-jardín trasero yo diría que pertenecen a un mismo domicilio.
He de reconocer que mi interés en el citado patio trasero surgió ante los comentarios, primero de mi madre y luego de mi hermano, que en sendas visitas dedujeron la profesión de las distintas mujeres que habitan la casa. Yo, que hasta entonces solo miraba ese horizonte a eso de las siete de la mañana y cerca de la medianoche, no me había percatado de nada, y he de reconocer que pensé que tenían mucha imaginación y que cada vez estaban más 'apaisanados'.
La casa tiene un ventanal en su primera planta, un tendedero donde ahora hay colgados una toalla azul oscuro, otra más clara y muchos calcetines.
En la planta baja, tras otra ventana corredera y dos pequeños escalones empieza un patio cubierto por gravilla y unos cuantos hierbajos. Hay una mesa y cuatro sillas rojas que anuncian una marca de cerveza. Sobre ella hay unos geranios y otras cuantas macetas con plantas que ni mi vista ni mis conocimientos de botánica logran identificar. Hay un armario metálico gris, el típico armario de herramientas, una jardinera de barro vacía, un tendedero, un cubo y una fregona, una botella de agua mineral y lo que parece la parte de arriba de un bikini colgado en una cuerda.
En ambas plantas hay dos pequeños ventanucos, supongo que son los baños y también alcanzo a ver un cenicero, varias pinzas de colores y una escalera metálica.
Al final del patio hay un pequeño coche, yo diría que es de estos que pueden conducirse sin carnet, y detrás un remolque tapado con una lona azul. El patio tiene una puerta blanca que da a la calle y por donde lógicamente ha de salir el coche, aunque yo siempre lo veo ahí parado.
Hace unos días no pude resistirme e hice una serie de fotos a las inquilinas de la casa, no las hice desde mi terraza sino desde la ventana del baño, para no ser visto.
La primera vez que las vi fue el verano pasado, estaban las tres juntas medio en bragas tomando el sol, y charloteando muy animadas. Sin embargo, ahora las veo tristes, tal vez sea solo una interpretación mía y simplemente estén serias o cansadas, o ninguna de las dos cosas.
El otro día una de ellas -una chica joven de unos 25-30 años diría- arreglaba unas plantas en la ventana del primer piso. Ésta si que me pareció realmente triste, tal vez efecto de la ternura con la que acomodaba la tierra en la maceta.
La mañana siguiente vi a la que seguramente es la más mayor de todas, una señora de unos 45-50, gorda, de pelo corto, falda negra y un jersey de pico rojo por el que asomaba un generoso escote que seguramente habrá conocido tiempos mejores.
Me sorprendió ver tambien un cocker, nunca antes había visto un perro en el patio. Extraño, tal vez estuviera de visita, no sé...
Hoy he visto a una chica negra de unos 20-25 (soy muy malo para las edades) con un pantalón de cuadros y una chaqueta marrón, sentada con sus pies encima de una de las sillas de marca de cerveza, y a su lado, una compañera rubia, más gorda y mayor con un abrigo negro de igual color que sus sandalias. También parecían tristes.
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